lunes, 22 de febrero de 2016

MI CASA EN PARÍS



 Escrito por Luis Roca Jusmet

 Lo difícil de una buena película es saber mantener el ritmo y además aumentar progresivamente el interés. "Mi casa en París" lo consigue de una manera sorprendente. Empieza con un estilo de comedia que nos permite esperar una historia entretenida, con buenos actores y una dirección eficiente. Pero es mucho más que esto, porque a partir de una historia que de entrada resulta sencilla, con unos personajes que de parecen muy previsibles se van tejiendo toda una serie de cuestiones que son, en definitiva, las fundamentales de la vida. Casi podría decir que la historia me lleva de Spinoza a Lacan y viceversa.
 Por una parte trata sobre la necesidad de superar las pasiones tristes, que como dice Spinoza, solo es posible conseguirlo cuando somos capaz de distanciarnos de ellas, cuando dejamos las ideas inadecuadas que nos producen tristeza y resentimiento. El protagonista, Mathias, odia a su padre y a su madre porque, en esto también seguimos a Spinoza, son las causas de su tristeza, de su fracaso vital, de su impotencia. Solo cuando es capaz de ver con distancia que su madre se suicida por su impotencia y que su padre sostuvo como pudo las contradicciones de su vida, solo cuando es capaz de romper la cadena y querer vivir según su deseo, solo entonces la alegría y el amor sustituyen a la tristeza y al odio. Porque, siguiendo todavía la lógica spinozista, a un afecto solo le puede otro afecto más fuerte.
 Hay en la historia toda una reflexión lacaniana sobre la herencia ( la herencia de la casa no deja de ser una metáfora de la herencia simbólica que nos dejan los padres, de la deuda simbólica que tenemos con ellos) y la necesidad de hacernos cargo, como sujeto de nuestro deseo. No podemos estar pidiendo a los padres que nos resuelvan nuestra vida, como a si a los casi sesenta años todavía fuera responsabilidad suya. Todos los padres fallan ( o por defecto, o por exceso) y madurar, hacerse adulto es entender que somos nosotros los únicos responsables de nuestra vida. Que el Otro no nos la resolverá. Hay escenas duras pero sin dramatismos.
 Israel Horovitz borda el guión y la dirección de la película, los actores están excelentes y la música de Mark Orton genial.

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