Escrito por Luis Roca Jusmet
Esta película hay que situarla en la que podríamos llamar la tradición felliniana. Por una parte es una película sobre Roma. Los paisajes urbanos de Roma, lo más sutil combinado con lo más hortera. Película también costumbrista, centrada en la manera de vivir de una determinada clase social. Esta clase social podríamos definirla como un sector de la clase alta y media alta vinculada al mundo artístico e intelectual. El retrato es implacable, porque nos enseña sin concesiones lo que su director describe como "las aventuras intelectuales que no conducen a ninguna parte". La vida intelectual como el "bla, bla, bla" que nos evade del mundo real, que nos permite refugiarnos en las ilusiones de la retórica. Hablar para engañarnos y engañar, como nos muestra Jep Gambardella cuando desenmascara a su amiga Viola. Un mundo lleno de oportunistas que se enriquecen a costa de los incautos que van de cultos. Como decía Chesterson "Cuando dejéis de creer en Dios creereis en cualquier cosa". Pero la Iglesia continua presente, por supuesto, en la Roma de nuestros días. Con sus jerarcas espiritualmente degradados que se interesan más por la cocina que por la salvación de las almas. Jep Gambardella, en la cúspide de este grupo, se ha transformado en un escéptico que observa sin compasión pero con afecto el mundo vacío del que forma parte.
Pero es una película que funciona también en otro registro, el de la reflexión sobre el sentido de la vida.